Entre abismos y laberintos

Entre Abismos y Laberintos: En la búsqueda del equilibrio

Adriana Martínez Ramos
Lic. en Psicología
Mtra. en Psicoterapia Gestalt
Dra. en tanatología
Casa del Desarrollo psíquico, Corporal, Humanista y del Encuentro:

Kali Psyché
gama2667@hotmail.com

“Cada hombre es un abismo, da vértigo si se mira en su interior”
Georg Büchner Woyzeck

“El símbolo es el ser en su marcha hacia la manifestación”
Jose A. Antón

“Es el final del laberinto el que nos devuelve al punto de partida. Pero cada vez que encontramos la salida, el laberinto es otro”
Alejandro Lanús

Diversas palabras son utilizadas en el contexto del ser humano de maneras analógicas que buscan expresar de distintos modos nuestro sentir ante las experiencias vividas. Cuando la experiencia se relaciona con un desajuste conectado con el transitar de vida, se vive una experiencia de desequilibrio.

De acuerdo con Clark Hull al sufrir alguna carencia o necesidad, surge en el organismo una necesidad biológica o psicológica que es necesario satisfacer, pues el individuo ha perdido el equilibrio que le provee de una sensación de bienestar, que al verse alterada se convierte en un estado de tensión o desajuste; así, ante lo acontecido y gracias a ello, el mismo individuo se verá motivado a retornar al estado de equilibrio, por lo que cada desajuste es en relidad el disparador motivacional y oportunidad de retorno al bienestar (De la Mora, 2003).

Por otro lado, Fritz Heider comenta que tanto las relaciones como los procesos cognitivos del hombre tienen gran importancia en la mantención del equilibrio; así si en una relación existe reciprocidad de sentimientos y se mantiene una consistencia entre las creencias, actitudes, motivaciones y comportamientos, se vive la sensación de equilibrio; considerando lo anterior, en toda relación humana, para cobstruir una interacción y vínculo armónico, es necesaria la confrontación de expectativas y propuestas personales que permitirán la construcción relacional de acuerdos, acciones y decisiones, situación que sin lugar a dudas da paso en múltiples ocasiones a discrepancias de opinión y percepción, viéndose así se alterado el equilibrio del ser humano, de tal manera que se tiende a pensar más piensa las propias actitudes, mas existiendo al mismo tiempo una separación entre las partes emotiva y racional ante la situación vivida, y al haber inconsistencia en ello se alteran o cambian las creencias o la evaluación de lo acontecido; así pues aparece una contradicción psicológica (Estramiana, 1995; Goñi, 1998; Kimble, 2002).

En cuanto a la teoría de la consistencia afectivo-cognitiva de Abelson y Rosenberg, una actitud es una constelación relativamente estable en donde se significan las respuestas tanto cognitivas como afectivas y motoras ante un algo sobre el cual se mantienen creencias y valoraciones específicas que pueden ser cambiadas ya sea racionalmente -cambiando el paradigma personal- o irracionalmente -alterando la valoración hacia ese algo- (Goñi, 1998).

Sin embargo también es cierto que en muchas ocasiones el ser humano actúa en una especie de contradicción con lo que sabe, generándose así, de acuerdo con planteamientos de Leon Festinger, una inconsistencia o disonancia que le resulta incómoda y tensa en el nivel psicológico; ante ello, puede cambiar, o al menos intentar el cambio desde lo racional, y quizás hasta lograrlo, mas a pesar de ello no poder cambiar su actitud ante los acontecimientos vividos. (Estramiana,1995).

De acuerdo con lo anterior, entendamos entonces al equilibrio como aquel estado de consistencia y bienestar del individuo con su medio y relaciones, en el cual es posible mantener un grado agradable de estabilidad que incluye lo emocional, lo cognitivo y lo social que a su vez estimula la capacidad armónica de reaccionar actitudinalmente ante los acontecimientos que le suceden.

A partir de ello, comprendamos pues que desde las concepciones socioculturales a las que nos arraigamos como sociedad occidental, la armonía y el desajuste, la crisis y la felicidad, la pérdida significativa y el bienestar, el desequilibrio y el equilibrio, son vistos como conceptos totalmente opuestos y mutuamente excluyentes; sin embargo, para lograr el equilibrio es necesaria la aparición del desequilibrio, vivimos y actuamos este principio desde actividades tan sencillas como el caminar; para dar un ejemplo quizás mas ilustrativo para el lector, pensemos en el equilibrista de la cuerda floja, quien para mantenerse en equilibrio ha de moverse y caminar, perdiendo el equilibrio para mantenerse precisamente en equilibrio, y no me refiero a que tiene que caer por ello, sin embargo cierta dosis de desajuste, le proporciona la posibilidad de recuperar su equilibrio.

Y es que somos en realidad organismos de alto rendimiento en constante ajuste creativo, concepto que aporta la psicoterapia Gestalt para referirse a nuestra capacidad de centrarnos en los acontecimientos presentes permitiendo que se manifiesten nuestras necesidades, buscando soluciones compatibles con nuestro entorno y viables de acción en el mismo para su adecuación y modificación. (Perls, Hefferline y Goddman, 2006).

Es ello lo que hacemos en la vida cotidiana, ir en un constante andar de desajustes y nuevos equilibrios, ¿cómo podríamos pensar encontrarnos en búsqueda de nuevas soluciones si no hemos perdido el equilibrio?, por lo tanto, aquellas contradicciones no son mas que meras dicotomías, conceptos complementarios mutuamente incluyentes que en función de poder comprenderles hemos separado para identificarles y trabajar con ellos.

Así pues ante los momentos aparentemente contradictorios entre el equilibrio y desequilibrio que como seres humanos vivimos en el diario acontecer, el individuo se vive en una crisis, término proveniente del vocablo griego “Krino”, que significa separación, distinción, elección, decisión, discernimiento, interpretación y resolución, entre algunos otros (Giberti, 2007); podemos observar entonces que en realidad se trata de una especie de encrucijada en donde por supuesto es necesario discernir para realizar elecciones, tomar decisiones y resolver situaciones, por eso la idea y desarrollo de que en la crisis se crece, pues además cierto es que ante la pérdida del equilibrio es necesaria dicha acción, de tal modo que dicha situación nos provee de grandes oportunidades.

Mas ahora ¿cómo es que el ser humano se vive a sí mismo en los momentos de desequilibrio?, solo serán retomadas dos sencillas analogías al respecto: Caer en un abismo y Atravesar un laberinto ¿les suena conocido?

El microcosmos puede ser explicado por el macromosmos y viceversa, siguiendo la línea de los símbolos que Jung propuso, hablaremos solo un poco acerca de la expresión de las imágenes del alma humana; así pues, mediante los arquetipos se manifiesta la vida interior del ser humano desde sus profundidades, su mundo interior, el viaje confrontativo dentro del sí mismo y el constante deseo y búsqueda del bienestar dentro de un andar lleno de anhelos y necesidades ante las cuales en la demanda de sentido ante los acontecimientos ¿qué hemos de hacer sino simbolizar nuestras situaciones? De tal manera que otorgamos significados análogos, ¿y que es el abismo sino un símbolo de las profundidades? Aquellas a las que en muchas ocasiones se teme; ¿qué es el laberinto sino un símbolo del sentirse perdido y estar en la búsqueda? Esa búsqueda en la que como seres humanos racionales y llenos de miedos y anhelos siempre nos encontramos, de tal manera que el símbolo transforma la energía en el nivel psicológico (Cirlot, 2006; Eliade y Rocquet, 1979).

Simbolizar nuestros procesos es una manera tremendamente hermosa de confrontarnos con la realidad, de protegernos y de unificar la razón con los acontecimientos, si bien en ocasiones no es posible comprender los sucesos ya sea desde lo emocional o desde lo intelectual, nuestra tendencia a la búsqueda del equilibrio nos permite mediante la analogía de lo simbólico otorgar significados, explicaciones y manifestar nuestra interioridad y alteridad en un mismo momento.

No se trata de interpretar, sino mas bien de hacer un recorrido por aquellos símbolos compartidos que cada uno a su manera comprende, actúa y significa, y que al mismo tiempo, sin embargo, nos permiten conectarnos entre nosotros, construyendo así, ya sea en el encuentro o en el desencuentro, otorgar un orden que contenga nuestra estructura como seres humanos y le brinda sentido a nuestra existencia y sus acontecimientos

Y aquí nos podemos preguntar tal como Fernando Pessoa:

El misterio de las cosas, ¿Dónde está?
Si apareciese, al menos,
para mostrarnos que es misterio
¿qué sabe de esto el río?, ¿qué sabe el árbol? Y yo, que no soy más, ¿qué se yo?

Siempre que veo las cosas
y pienso en lo que los hombres piensan de ellas, río con el fresco sonido del río sobre la piedra.

El único sentido de las cosas
es no tener sentido oculto.
más raro que todas las rarezas,
más que los sueños de los poetas
y los pensamientos de los filósofos,
es que las cosas sean realmente lo que parecen ser y que no haya nada que comprender.

Sí, eso es lo único que aprendieron solos mis sentidos: las cosas no tienen significación, tienen existencia.
las cosas son el único sentido oculto de las cosas.

Y entonces si no hay sentido, si no hay significación ¿qué ocurre?… sencillo: creamos símbolos para dar sentido y significado a lo que nos sucede en esa búsqueda constante de comprender el para qué nos sucede lo que nos sucede y explicarnos a nosotros mismos las razones de su acontecer, somos nosotros los que significamos, los que construimos, los que transformamos; en ocasiones nos exigimos explicaciones lógicas para apaciguar el desasosiego, o irracionales para suavizar el desajuste emocional en los momentos de crisis.

Así pues, el abismo manifiesta un hermoso sentido dual: la profundidad y lo inferior; a lo largo de los tiempos, las distintas comunidades le han relacionado con las profundidades marinas o terrestres. Las formas abisales suelen relacionarse con lo profundo, con el sueño, con los muertos (El Hades, inframundo, los infiernos, etc.) y con la nada; ahora bien, consideremos que de la nada es de donde surge el todo, ya en la psicoterapia Gestalt se habla del vacío fértil, aquel en donde podemos construir todo aquello que nos plazca y nos satisfaga; quizás sea entonces el abismo una oportunidad para construir lo nuevo, lo diferente, o para reconstruirnos a partir de nuestro ingreso a lo profundo, pues se refiere a un punto de indiferenciación, en donde se pierden las oposiciones, los contrastes.(Cirlot, 2006; Perls y Baumgardner, 1994).

Indudablemente el abismo confronta, y la idea de caer en él aún más. Desplomarse en las profundidades oscuras e inciertas no es una idea que en primera instancia sea atractiva para el ser humano, y sin embargo el abismo atrae: conocer lo desconocido, saber que hay allá; y es que en el transcurrir de la existencia, a cada paso nos encontramos con nuestros propios abismos, esa especie de pausas y caídas que vivimos en las crisis y en nuestras transformaciones, cada que nuestro equilibrio se ve alterado atravesamos el abismo de una nada que promete y que asusta, promete cambios, reestructuraciones y nuevas perspectivas, asusta ante la caída en lo profundo, lo incierto, la muerte…

En la caída al abismo, no hay mas nada que podamos hacer, nos encontramos paralizados aun sin estar atados, simplemente es la caída con la esperanza o desesperanza ante lo que encontremos al término de la misma.

Por otro lado, el laberinto es expresión simbólica del mundo existencial, la búsqueda del centro o de la liberación; tomemos en consideración algunas características esenciales del laberinto: se trata de una compleja estructura, con pasadizos intricados, confusos y cuya salida es difícil de encontrar; incluso se considera que algunos de los antiguos laberintos arquitectónicos fueron construidos para engañar a los demonios, encerrándolos en ellos para apresarlos, aunque también existe la noción acerca de los laberintos elípticos y circulares como diagramas del cielo y representación del movimiento de los astros, y al conjuntar ambas ideas, la tierra y el cielo, ambos en movimiento, ambos en la búsqueda pueden mirarse como una idea complementaria que nos encamina a la comprensión simbólica de la pérdida y la búsqueda del espíritu en la creación y en la existencia, de tal manera que la travesía en el laberinto ha representado el sentirse perdidos en él, el alejamiento de la fuente de la vida, y en la esperanza de su resolución, el encuentro de la salida o con el centro, la peregrinación a lo cósmico, lo divino y lo sagrado; en sí mismo, el laberinto también representa pues una grande y hermosa dicotomía. (Cirlot 2006; Eliade y Rocquet, 1980).

De acuerdo con Mircea Eliade, el laberinto también representa un nudo a ser desatado, y viéndolo como un lazo, puede entonces representar las ligaduras y los vínculos; ahora bien, hablando de los vínculos que representan apegos y de apegos que se convierten en aferramientos ¿acaso será también la travesía por el laberinto la búsqueda de desatar los aferramientos para mantener el vínculo con lo pasado y lo perdido de una manera diferente, simbólica y armónica? ¿cuáles son las ligaduras de las que nos desatamos en ese trayecto?

Tanto el laberinto como el abismo son considerados con cualidades atrayentes. Y si ese abismo en el que caemos en los momentos de desequilibrio se encuentra en la oscuridad, si se vive en aislamiento y retraimiento social no se desata ligadura alguna, lejos de ello al no querer soltar, más se atan dichos aferramientos sobre una nada en la que no encontramos respuestas; nos encontramos entonces en una caída libre interminable dentro del abismo o en un laberinto oscuro y sin solución, en una travesía a ciegas, perdiendo el contacto con lo que se busca a pesar de tener la mente fija en ello, pues se trata de un tipo de solpsismo en donde no hay mas que encierro, destrucción y muerte. Se vive entre abismos y laberintos de negrura, de desasosiego.

Y si en esa caída en el abismo, en donde está presente la desolación interior se permite tocar fondo para re-fluir, damos entonces sentido a la caída, permitirnos sentir a plenitud para que de los momentos de negrura, oscuridad y penumbra, surja poco a poco la luz que nos guíe en un nuevo andar, pues “de la decadencia deviene la fertilidad” (Parra, p. 30) para transitar de la parálisis a la liberación, a la dirección al encuentro con un nuevo equilibrio; tal y como dice también Fernando Pessoa (en Parra, p. 30):

Las cosas no valen mas que en su interpretación o significación, y el tedio es la falta de una mitología. La vida es el viaje del espíritu a través de la materia, y hay que saber verla en los sueños inmaterialmente.

De tal manera que entonces recae sobre nosotros la construcción de los sentidos y significados que damos a lo vivido ¿cómo encontrar el equilibrio? No hay una respuesta única y específica, posiblemente sea tan solo una alternativa entre muchas otras, retomar la idea de caer en el abismo y atravesar un laberinto, quizás solo tal vez, permitiendo y construyendo desde una perspectiva simbólica que el abismo nos conduzca a nuestras profundidades emocionales, quizá temibles, si, pero ciertas, pues conoceremos una parte mas de nuestro ser; y una vez ahí comenzar la travesía por el laberinto ya no en la espera o en la desesperación, sino que quizás junto con ellos, comprometiéndonos con la acción, con el encuentro y la construcción de los que somos responsables cada uno de nosotros en conjunto con aquello que signifiquemos también como importante para nosotros; lo anterior no dará lugar sino al movimiento, a la adecuación, a la transformación, y entonces si, desataremos nudos emocionales, aferramientos vanos, y comenzaremos a vincularnos con nuestro propio sentido construido a partir de las elecciones realizadas en los momentos de crisis, cimentando así nuevas realidades, tal vez, mas armónicas y constructivas.

De modo similar, mas nunca exactamente igual a como lo Menciona Mircea Eliade (1980), es en el laberinto y su travesía, y solo después de habernos dejado caer a través del abismo, que somos capaces de encontrar la magia del encuentro con el tesoro que se nos reserva, ¿cuál es ese tesoro? Cada quien podrá significarlo como desee, dando el sentido que su existencia necesite: de avanzar, de crecer, de encontrar el centro… de recuperar el equilibrio, tras la sensación de haber estado completamente perdidos, tal vez en la negrura, o quizás solo en una travesía necesaria y armónica.

Diversos abismos hemos de encontrar, múltiples laberintos, siempre diferentes; la vida es un constante tránsito entre ellos y muchas experiencias más, siendo todas parte de un constante ritmo de adaptaciones, construcciones y transformaciones.

¿De que manera? …esa ya es responsabilidad del lector.
A mi solo me resta decir: ¡Dejemos de esperar y comencemos a actuar!

Referencias

Cirlot, J. (2006). Diccionario de Símbolos. (10a ed.). Barcelona: Siruela.
De la Mora, J. (2003). Psicología del aprendizaje. México: Progreso.
Eliade, M. y Rocquet, C. (1980). La Prueba del Laberinto. Madrid: Ediciones Cristiandad.
Estramiana, J. (1995). Psicología Social: Perspectivas teóricas y metodológicas. Madrid: Siglo Veintiuno.
Giberti, E. (2007). La familia, a pesar de todo. Buenos Aires: Ediciones Novedades Educativas.
Goñi, A. (1998). Psicología de la educación sociopersonal. (2a ed.). Madrid:Fundamentos.
Kimble, Ch. (2002). Psicología social de las Américas. México: Pearson.
Parra, J. (2001). La simbología. Grandes figuras de la Ciencia de los Símbolos. España: Montesinos
Perls, F. Y Baumgardner, P. (1994). Terapia Gestalt. Teoría y práctica. Una Interpretación. México: Árbol
Perls, F. Hefferline, R. y Goodman, P. (2006) Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento en la personalidad humana. (3a ed.). España: Sociedad de Cultura Valle-Inclán.
Pessoa, F. (s.f.) El misterio de las cosas. Recuperado de http://www.lexia.com.ar/PessoaFernando.html

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Martínez , A. (2015, 25 de junio). Entre abismos y laberintos. Recuperado de Casa del Desarrollo Psíquico, Corporal, Humanista y del Encuentro, A.C., https://kalipsyche.org.mx/entre-abismos-y-laberintos-1/


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