El papel del mito en la actualidad

El papel del mito en la actualidad

Adriana Martínez Ramos
Lic. en psicología
Mtra. en psicoterapia Gestalt
Dra. en Tanatología
Casa del Desarrollo psíquico, Corporal, Humanista y del Encuentro:

Kali Psyché

“Los mitos nos enseñan que en lo más profundo del abismo puede escucharse la voz de la salvación. En los momentos más oscuros es cuando podemos escuchar el verdadero mensaje de transformación. En medio de la oscuridad sobreviene la luz”.
Joseph Campbell

“Los mitos me hablan porque expresan lo que dentro de mí sé que es cierto”.
Bill Moyers

“Si la poesía es el pequeño mito que hacemos, la historia es el gran mito que vivimos”.
Robert Penn Warren

Suponer que la vida misma, y más aún, la existencia, se encuentra carente de significado, de un modo aproximado a como lo plantea Yalom (2000), considerando al sinsentido una de las preocupaciones existenciales del ser humano, y siendo este último quien ha de darle significado no sólo a los eventos, sino a su propia existencia, es una manera de comprender al ser humano a través de la historia, buscando encontrar sentido y significado al acontecer cotidiano ya desde aquellas épocas ancestrales e incluso prehistóricas; más ¿desde cuando se creo el mito? Si tal y como lo menciona Rollo May (2000), se trata de algún modo de estructuras narrativas que brindan el significado a la existencia, es quizá oportuno preguntarse si acaso el mito existe sólo desde que se conoce el lenguaje o si es que posiblemente las creencias propias del mismo habrán existido incluso de algún modo anterior a ello.

Lo cierto es que si retomamos al mito tal y como lo conocemos ahora, en sus diversas interpretaciones desde las diferentes disciplinas, hemos por supuesto de visualizarlo a lo largo de la historia de la humanidad, y nuestra época no queda relegada, sino que es parte de la misma; entonces parece importante desde esta perspectiva, comprender cómo es que el mito en la actualidad se manifiesta y sustenta la existencia otorgando significados a la misma, gracias a la construcción que de él hace el ser humano.

De acuerdo con los planteamientos de Juan Cruz (2007), en los inicios de la literatura griega, mythós significa: un dato de hecho, la verdad de lo que ha ocurrido, y tras el paso del tiempo se ha configurado como aquello concerniente a una no-verdad que dicho autor adjudica a la conexión del mythós con el theión, o bien, a la conexión de lo ocurrido con lo divino (significado del theión) en los momentos en que los seres humanos comenzaron a cuestionar la verdad divina o la perfección de los dioses; así si los dioses son negados, “los mitos se convierten en mentiras” (p. 33), mas ante todo, se conserva la función esencial del mito, “el mythós se refiere a la verdad de lo divino, al theión” (p. 33). Hoy en día los mitos se consideran y utilizan en el sentido de mentira o ficción, mas no dejan de pertenecer y ejercer su función con aquel modelo de revelación sagrada, divina y primordial, sumamente significativa y de inapreciable valor (Eliade, 1991).

Hablemos un poco de ello, Mircea Eliade (1981) comenta que para comprender al ser humano con relación al concepto de la religión – y en ella se encuentra el mito – es necesario ir más allá de la civilización actual para comprender la manera en que se unen lo sagrado y divino de las fuerzas de la naturaleza con lo profano de los asuntos ordinarios, permitiendo al individuo captar la diferencia entre lo que es verdaderamente significativo y lo que no lo es, y es que tal parece que es a través de los significados depositados en lo que se considera sagrado que el ser humano se significa en parte a sí mismo ante su entorno.

No obstante y por otro lado, Aurelio Pérez (s.f.) sostiene que a pesar de que la religión y el mito se encuentran fuertemente ligados, corresponden a realidades completamente distintas, siendo la primera referida a las prácticas ritualistas del hombre con relación a lo sobrenatural o a los dioses, y el segundo nos habla de los dioses a través de relatos fabulosos creados por el hombre. Siguiendo esta línea, aunque Eliade comprende la mito como parte de la religión y Pérez lo analiza como diferente aunque estrechamente ligado, es posible visualizar en ambas posturas la influencia que el mito tiene en el actuar del ser humano; de hecho, incluso podremos ver cómo el mito es el que sostiene la creencia religiosa, estar ligados con lo divino, que a su vez es supremo, y en la religión está representado por las deidades; más en diversos contextos, puede estar representado también por diferentes aspectos, propios ya no sólo de las teofanías o manifestaciones de los dioses, sino también de las hioerofanías o manifestaciones de lo sagrado o divino y pueden ser vistas a través de la naturaleza, la ciencia e incluso el conocimiento.

El mito es considerado en sí mismo la tradición sacra que conecta los cuentos sagrados con los actos rituales que organizan las actividades prácticas del hombre (Malinowski, 1993) por lo que el mito brinda forma y estructura a la existencia (Cruz, 2007) tanto de manera hierofánica como paradigmática, pues es a la vez la narración-guía de la acción del hombre en función de acontecimientos sagrados o divinos, englobando a gran parte de la humanidad (con la que se comparten significados) y una referencia de explicación a los enigmas o misterios de la existencia; y como relato que es, puede estar situado en cualquier tiempo y lugar , abriendo su brecha de aplicación a cualquier ser humano, de tal modo que es posible hablar entonces del espacio mítico en cuya estructura refleja indudablemente una totalidad.

Lasso De la Vega (1989) afirma que el pensamiento mítico es constituido por la mente humana, siendo el hombre un animal simbólico que requiere de imágenes míticas para poder satisfacer dichas necesidades de significación; el mito entonces, es ese algo que proporciona al ser humano en sociedad diversos modelos de conducta y que permite no solo estructurar la existencia, sino también brindarle valor y significado (Eliade, 1991) una vez que la historia mítica en la mente del ser humano le permite ver la aplicación o por lo menos explicar de alguna manera lo que ocurre en su propia vida (Campbell, en Flowers, 1991); con ello, por supuesto nos permite organizar el universo y sostener ritos y tradiciones (Pérez, s.f.) ya que en realidad el mito no sólo es narrado, sino que antes de ello es vivido (Pérez, s.f.; Malinowski, 1993) permitiendo así la manutención de los ritos (representaciones psíquico-emocionales), en los que el mito corresponde a la representación dramático-racional que permite otorgarle significados a nuestros ritos, y no está por demás decir que es construido a través de símbolos analógicos, abstractos y considerados universales.

En realidad lo que es abstracto y universal, correspondiente a los significados compartidos, no podría considerarse individual, pues se ha construido junto con los otros y a través de diversas generaciones en muchos casos; sin embargo al mismo tiempo la interpretación que cada persona otorga a cada uno de esos significados y símbolos que se expresan y manifiestan a través de los mitos es, sin duda, propia y única, de tal manera que también podría considerarse individual (Choza, 1988).
A partir de lo anterior, ¿la significación que el ser humano hace es a partir de sí mismo o en conjunción con su entorno?, si nos refiriéramos exclusivamente a lo primero, podríamos hablar de la interioridad, esa que existe dentro del sí mismo, más ¿cómo saber y establecer en dónde comienza la individualidad y cómo toma forma? Lo cierto es que dicha individualidad no puede conformarse si no es a partir de la relación con su entorno, de tal manera que tanto interioridad como alteridad se encuentran presentes en la conformación de los mitos y la significación que cada ser humano hace de sí a partir de ello; así que desde esta mirada, no es posible solo hablar de individualidades, sino de las construcciones y funciones del mito que construye el ser humano en su andar de vida.

Y si el mito tiene su origen tanto en lo afectivo como en lo intelectual y en lo social, se corresponde entonces con la expresión simbólica de una emoción (Cruz, 2007) que se manifiesta de manera cíclica (Schultz, 1986) representando la continuidad de la significación de los acontecimientos, a partir del caos, a partir de la nada, a partir de la incertidumbre y los enigmas; no solo se ha de establecer como unido a la religión, aun cuando forma parte sustentante de esta, pues en realidad es vivido en la cotidianidad del existir humano, en cuyo transcurrir se abre a la totalidad promovida por el espacio mítico para conocer la estructura esencial de las cosas, de los dioses, del hombre mismo y sus aconteceres a pesar del carácter de historicidad del ser humano.

Como sostiene la antropología, el hombre, en su desarrollo cultural no puede existir sin mitos, ellos han tenido y tienen una función importante para los seres humanos gracias a la cual vamos re-mitificando y por lo tanto reconstruyendo nuestra imagen del mundo a cada paso que damos; por supuesto basados en aquellos mitos ancestrales, que forman parte de nuestra historia, sea que sepamos cual es su origen o no; entonces los mitos al ser reactivados, son también transformados y forman parte de la simbolización de los problemas actuales, ya sean éstos individuales o colectivos (Choza, 1998; Lasso, 1989).

¿Y de qué manera los problemas actuales son diferentes de los antiguos? Cierto es que la historia y la época marcan cambios en la sociedad, cultura, las tradiciones y en las acciones de las personas; y las creencias ¿no acaso se van transformando también? ¿Mas ello querrá decir que son radicalmente opuestas? Siempre ha habido seres humanos que se cuestionan dichas creencias, los mitos no son del mismo modo para todos, aun cuando se compartan, pues en la subjetividad de las individualidades, cada persona estructura y adecua su propio mito, y sin embargo la necesidad de significar nuestra existencia sigue existiendo, de manera tal que a pesar de los cambios que en nuestro campo de existencia han operado a lo largo de los tiempos, el ser humano se manifiesta con la misma necesidad de dar sentido y significado a lo que le acontece, a lo que le resulta misterioso, a lo que le origina desde los planos existenciales y por ende continúa buscando la manera de resolver dichos enigmas.

El ser humano se encuentra en un constante viaje confrontativo dentro de sí mismo y en la relación con su entorno; el constante deseo y búsqueda del bienestar dentro de un andar lleno de anhelos y necesidades ante las cuales en la demanda de sentido ante los acontecimientos ¿qué hemos de hacer sino simbolizar nuestras situaciones? De tal manera que otorgamos significados análogos que a través de los símbolos manifestados en los mitos que construimos permiten que la energía de la dimensión psicológica se transforme. (Cirlot, 2006; Eliade y Rocquet, 1979; Martínez, 2013).

En la época actual, en la que se considera que existe una especie de alejamiento con lo divino, lo sagrado y lo religioso, puede también observarse una necesidad de nueva y diferente cercanía con dichos aspectos, el ser humano sigue encontrando manifestaciones de lo divino en múltiples aspectos del mundo y de la vida, siendo estas hierofanías un sustento actual de la simbolización y las creencias que se construyen y reconstruyen en nuestros tiempos, pues cualquier objeto o situación puede ser determinado como hierofánico, símbolo de lo sagrado y divino, mas no deja de ser lo que simplemente es y corresponde al punto de arraigo del ser humano con su realidad; de tal manera que la naturaleza misma puede ser considerada sacra, así como cada uno de los acontecimientos de la cotidianidad, todo dependerá de los mitos que se construyan o se reactiven (Eliade, 1991; Eliade y Rocquet, 1979).

Entonces pues, quizás la fuerza del mito en realidad no se está extinguiendo como lo llega a plantear Hübner (1996), sino muy por el contrario, quizás solo se está transformando la expresión simbólica del mismo, ya no solo vinculado intrínsecamente con la religión, como lo considera Eliade (1991), sino constitutivo de la fuerza cultural construida por el ser humano que permite también la construcción y manutención de la salud mental, siendo producto de la afectividad, intelecto y creatividad de los individuos; y también una interpretación teórica que explica al mundo (Hübner, 1996; Malinowski, 1993; May, 2000), dado lo cual, sin lugar a dudas brinda a la raza humana una forma especial de existencia que sustenta su andar existencial otorgando realidades que constituyen guías y prototipos del mundo y el comportamiento en el mismo.

Creamos mitos para dar sentido y significado a lo que nos ocurre en esa búsqueda constante de comprender el para qué nos sucede lo que nos sucede y explicarnos a nosotros mismos las razones de su acontecer, somos nosotros los que significamos, los que construimos, los que transformamos; en ocasiones nos exigimos explicaciones lógicas para apaciguar el desasosiego, o irracionales para suavizar el desajuste emocional en los momentos de crisis; mas aún cuando debido a la finitud de nuestra vida, son nuestro tiempo y nuestro futuro delimitados por la misma muerte, que se convierte en un tema importante y esencial para cualquier religión, en cuyos mitos la muerte no constituye por lo general el final de la existencia, sino que el concepto de muerte, entremezclado con los mitos acerca de ella, se constituye como un elemento esencial que forma parte y sustenta los valores y estructuras de la creencia específica de que se trate –sea ésta religiosa o no– (Martínez, 2010).

Y es que a lo largo de la historia la visión de la muerte ha estado impregnada de figuras míticas, y no solo en la religión, sino en las culturas populares que, en cualquier caso, se encuentran enmarcadas en función de nuestro tiempo finito, ante lo cual, dichos mitos favorecen y permiten la reflexión sobre nuestro tempo y existencia en este mundo. La idea mítica de la muerte como inicio o parte de la vida eterna, supone la victoria sobre la muerte, o acaso tan solo una alianza con la misma, convirtiéndola en nuestra compañera de vida y al unirnos a ella mantener la esperanza del retorno, configurándose así el tiempo cíclico que ya las culturas, sabiduría y religiones orientales consideran y que brinda sustento a la idea de la inmortalidad o de no-finitud (Eliade, 1974; Martínez, 2010).

Por lo tanto, a modo de conclusión, hemos de comentar que crear mitos y vivirlos como parte de nuestras formas de vida, ha sido inevitable para el ser humano, y lo seguirá siendo pese a las transformaciones históricas –y gracias a ellas–; necesitamos los mitos para unificar nuestros mundos interno y externo, para construirnos a través de nuestros propios sistemas de creencias y apaciguar los momentos de desasosiego, simbolizando para dar sentido y significado a nuestros aconteceres, aquellos que nos conforman y que han tenido lugar desde antes de nuestro nacimiento, a partir de él, durante toda nuestra vida y hasta el momento de nuestra muerte e incluso aun más allá de ella.

Nuestros mitos nos unen y nos diferencian, nos permiten conformar realidades y sustentar nuestras acciones, comprender nuestras emociones y estructurar nuestros pensamientos. Las transformaciones y reactivaciones que también vamos construyendo en la actualidad, pueden o no estar relacionadas con la religión, la naturaleza, el universo o la ciencia, y continúan siendo parte de la expresión simbólica de la realidad subjetiva del ser y la sociedad, constituyendo verdades relativas y fantaseadas , tan solo enmarcadas por la actualización que hacemos de ellas al adecuarlas a nuestras historias, época y situaciones, y sin duda otorgan estructura a la realidad vivida.

Referencias
Cirlot, J. (2006). Diccionario de Símbolos. (10ª ed.). Barcelona: Siruela.
Choza, J. (1988). Manual de antropología filosófica. Madrid: Rialp.
Cruz, J. (2007). Sentido antropológico del mito. Deposito académico digital de la Universidad de Navarra. España. Recuperado de http://hdl.handle.net/10171/1846
Eliade, M. (1974). Tratado de historia de las religiones. Madrid: Ediciones Cristiandad.
Eliade, M. (1981). Lo sagrado y lo profano. (4ª ed.) Madrid: GUADARRAMA/Punto Omega.
Eliade, M. (1991). Mito y Realidad. Barcelona: Labor.
Eliade, M. y Rocquet, C. (1980). La Prueba del Laberinto. Madrid: Ediciones Cristiandad.
Flowers, B. (Comp.). (1991). El poder del mito. Joseph Campbell en dialogo con Bill Moyers. Barcelona: Emecé Editores.
Hübner, K. (1996). La verdad del mito. México: siglo veintiuno
Martínez, A. (octubre, 2010). Posturas ante la muerte, una perspectiva poética. Ponencia presentada en el II Congreso Internacional de Tanatología del Siglo XXI, México. D.F.
Martínez, A. (octubre, 2013). Entre abismos y laberintos… o ¿Cómo recuperar el equilibrio perdido?. Ponencia presentada en el V Congreso Internacional de Tanatología del Siglo XXI, México. D.F.
May, R. (2000). 2. ¿qué es el mito?. En Orozco, A. (Comp.). Antropología Filosófica. México: Lito Horeb.
Lasso, J. (1989). La presencia del mito griego en nuestro tiempo. Gerión. Revista de Historia Antigua, 2, (99-114). Madrid: Universidad Complutense de Madrid.
Malinowski, B. (1993). Magia, ciencia y religión. Barcelona: Planeta-Agostini
Pérez, A. (s.f.). Religión, mito y sociedad en Grecia. Recuperado de http://www.gobiernodecanarias.org/educacion/3/usrn/fundoro/archivos%20adjuntos/publicaciones/actas/actas_6_7_pdf/Act.VI-VII_C002_txi_w.pdf
Schultz, J. (1986). Mito ¿por qué?. Relaciones 27, VII, (75-86). México: El colegio de Michoacán.
Yalom, I. (2000). Psicoterapia existencial y terapia de grupo. Madrid: Paidós.

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Martínez , A. (2015, 15 de octubre). El papel del mito en la actualidad. Recuperado de Casa del Desarrollo Psíquico, Corporal, Humanista y del Encuentro: Kali Psyché, A.C., https://kalipsyche.org.mx/el-papel-del-mito/


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